TEXTO PUBLICADO EN: Marta Gil y Juanjo Cáceres (coords.). Cuerpos que hablan. Géneros, identidades y representaciones sociales. Mataró: Montesinos, 2008, p. 123-142.
Introducción
El estudio de los cambios biológicos ligados a los cambios que se producen en los estilos de vida tras el proceso migratorio reviste una gran trascendencia a fin de promover el bienestar físico, la salud y la calidad de vida de las personas inmigradas. Éstos son sólo algunos de las múltiples transformaciones en diferentes dimensiones del individuo que comporta el hecho migratorio, dependen fundamentalmente de dos contextos: el de la alimentación, que aparece como un ámbito fuertemente transformado, y el deporte, que en este caso experimenta discontinuidades respecto a situaciones anteriores. El primero, sin embargo, se superpone al segundo en trascendencia, puesto que los cambios en la alimentación abarcan desde la formas de abastecimiento doméstico, hasta las técnicas culinarias, pasando por la responsabilidad culinaria doméstica, la duración de las comidas o las reglas de hospitalidad, entre otros. Además, mientras que el segundo afecta de manera similar a todo el colectivo, el primero se ve condicionado por factores de origen, es decir, por los hábitos construidos previamente, que se ven asociados a los contextos socioculturales que los originan.
Es, pues, una publicación colectiva sobre el cuerpo, un lugar apropiado para relatar como fuertes cambios en lo social condicionan el estado corporal. Y lo haremos señalando los que se observaron en la alimentación de dos colectivos en particular, ecuatorianos y marroquíes, en el marco de un proyecto de investigación realizado entre los años 2003 y 2005 en Cataluña . Se describirán en dos apartados las características observadas en cada colectivo, mientras que un cuarto apartado hará referencia a las continuidades y discontinuidades en el comportamiento deportivo. El interés radica en comprobar que elementos se transforman y las razones de esas transformaciones, pues ello pondrá en evidencia tanto la amplitud de los mismos como las significaciones que presentan para el cuerpo ciertos procesos sociales, como la inmigración.
La alimentación de inmigrantes ecuatorianos
Los individuos llegados a España, procedentes de Ecuador, forman uno de los colectivos de extranjeros con una presencia más amplia en nuestro país, si bien tienden a concentrarse en las grandes ciudades, tales como Madrid o Barcelona. Se trata de un colectivo heterogéneo en cuanto a su procedencia, a causa de los contrastes sociales que existen entre las zonas costeras y del interior, que inciden con fuerza en los hábitos alimentarios de origen. Esto es debido, sobre todo, a una mayor acceso a la oferta alimentaria en poblaciones del litoral, que tiene que ver tanto con niveles de vida algo superiores, como con la proximidad respecto a algunos productos (los marítimos) o con la estructuración de una alimentación que ha girado a lo largo del tiempo alrededor de un abanico limitado de productos. De ese modo, a pesar que el arroz aparece como el cereal de referencia en gran parte del país, la denominada zona de la Sierra presenta una alimentación articulada alrededor de la patata, junto a algunos cereales como la quinoa y el maiz, mientras que en la costa aparecen los consumos de plátano macho, coco, pescado y marisco entre los grupos sociales con recursos medios.
Sin embargo, más allá de estas cuestiones, lo que ha marcado la alimentación en los últimos años de los ecuatorianos han sido la falta de recursos entre las familias, derivadas de las crisis económicas experimentadas a lo largo de la segunda mitad de los años noventa y en los primeros años de la presente década. Así, mientras que en todos los casos se ha producido un incremento de las desigualdades sociales, en las zonas rurales, el porcentaje de la población que vivía en condiciones de pobreza monetaria casi duplicaba a las de las zonas urbanas (63% y 35% respectivamente). Tales condiciones económicas estimularon significativamente los incipientes movimientos migratorios hacia España y convirtieron a este colectivo en el que mayores incrementos de flujo de inmigración ha generado entre los colectivos latinoamericanos.
Son las condiciones de llegada de la población de este origen el primer marcador de cambio en el comportamiento alimentario. A pesar de la existencia de una cierta diversidad de situaciones, ha sido importante el porcentaje de población ecuatoriana que ha optado por vías de llegada irregular para instalarse en España. La obtención de visados turísticos orientados a la permanencia en destino ha sido una vía a menudo utilizada, que ha ido derivando hacia la obtención de la residencia a medida que se han producido periodos de regulación extraordinaria auspiciados por el gobierno central. El reagrupamiento familiar y las ofertas de trabajo representan otras dos vías habituales de llegada, si bien las condiciones en que se producen la primera y las últimas presentan diferencias significativas. Mientras que las primeras son a menudo realizadas por miembros pioneros de familias ecuatorianas, las segundas o bien se producen cuando ya se ha conseguido la estabilización de algún miembro o bien se relacionan con la existencia de redes sociales, que evitan las consecuencias negativas que se dan en una llegada irregular. A menudo, sin embargo, se dan casos de inmigraciones de los diferentes miembros de las familias muy próximas en el tiempo entre ellas, lo cual permite asegurar que existe una gran diversidad en cuanto a las forma de llegada y de asentamiento.
En el proceso migratorio pionero, es frecuente que el objetivo sea lograr un trabajo e instalarse, lo cual conduce a entrar a formar parte de un hogar compartido con otros individuos, en la mayoría de los casos no familiares. La vivencia de la etapa presenta una fuerte variabilidad según las condiciones específicas de cada hogar, pero siempre tiende a estar marcada por una fuerte segregación de los comportamientos alimentarios de los individuos que forman parte de la misma, o bien de las diferentes unidades familiares que convivan en la vivienda. Esto significa que cuando el recién llegado se instala en un hogar formado por otros miembros de su familia, se integra en las formas alimentarias de la misma, mientras que si su convivencia se desarrolla con otras familias, se generan estrategias de abastecimiento y de consumo propias, excepto si los individuos del hogar no se encuentran emparentados entre ellos. Esta situación perdura incluso a pesar que se produzcan procesos de agrupamiento con otros miembros de su familia, dado que mientras hay diferentes familias hay diferentes formas de preparación y consumo alimentario.
En esos hogares, las responsabilidades domésticas alimentarias se encuentran fuertemente marcadas por el género. Ciertamente Ecuador no es un país donde los hombres asuman habitualmente responsabilidades culinarias o amplias responsabilidades domésticas, si bien estas características están cambiando lentamente. De este modo, en los hogares formados por hombres se produce una gran ausencia de práctica previa que deriva en una tendencia a la formación de comportamientos desestructurados. Y también entre las mujeres que se adaptan en solitario a un nuevo hogar se observan a menudo procesos de desestructuración, aunque por causas divergentes. En las mujeres el duelo migratorio genera una experiencia de angustia en aquellas mujeres que han dejado atrás hijos u otros familiares, que comportan irregularidad, consumos compulsivos, consumos restrictivos, etcétera. La soledad aparece así como un contexto generador de angustia y ansiedad, sumadas a las dificultades propias de la inserción laboral en la sociedad de destino.
A medida que pasa el tiempo se producen algunas transformaciones en los roles de género, si bien la tendencia a la permanencia de los mismo es notable. Aunque se amplia la participación de los hombres en algunas tareas domésticas, las mujeres siguen siendo las responsables principales, sin que ello se vea especialmente modificado en el caso de que esas mujeres desarrollen actividades laborales o incluso que sean las principales trabajadoras del hogar en cuanto a nivel de ingresos. En las tareas alimentarias, las mujeres siguen estando fuertemente vinculadas a las tareas culinarias, a pesar de que existen contribuciones masculinas en algunos casos, más aun si se trata de familias donde la mujer trabaja o de manera esporádica. Mayor es la participación masculina en el abastecimiento del hogar, puesto que los hombres acuden más a la compra en España que en Ecuador, tanto para realizarla ellos mismo como junto a su pareja u otro miembro femenino de su familia.
Hay que destacar que parte de esa participación se encuentra vinculada a los cambios que se producen en la forma como se estructura la compra en destino, marcada por el paso de un recurso mayoritario a la compra en pequeños comercios ecuatorianos y mercados al acceso masivo a la compra en supermercados españoles (proceso que se está dando al mismo tiempo en la sociedad de origen en los últimos años). Ese paso al supermercado va acompañado además de una disminución de la frecuencia de compra, que se hace más espaciada en el tiempo mientras que había sido diaria en Ecuador, buena parte de los productos de consumo habituales. Ello es en parte posible por la amplia introducción de sistemas de conservación avanzados, particularmente la congelación. Así, nuevas pautas de compra implican nuevas formas de conservación. Finalmente, no hay que desdeñar una percepción diferente de los precios de consumo: mientras que los alimentos son productos que han sido considerados de difícil acceso en los últimos años en el país de origen, aquí resultan por lo general considerados accesibles y una carga menor sobre el presupuesto familiar.
La compra alimentaria de los ecuatorianos tiende a presentar una menor concentración en las grandes zonas urbanas que en las zonas rurales o en las poblaciones pequeñas. El supermercado es así un punto de compra único de los productos alimentarios envasados en casi todos los casos, pero mientras en los primeros núcleos tienden a preferirse mercados y tiendas especializadas al supermercado para la compra de productos frescos. Los mercados se encuentran muy bien valorados como punto de compra de los productos frescos y resultan muy similares a los mercados ecuatorianos en cuanto a la oferta de productos y la calidad esperada, especialmente aquellos que han diversificado su oferta, en atención a la demanda creciente de productos utilizados por extranjeros. En cuanto a las tiendas especializadas, hay que diferenciar entre aquellas como fruterías, carnicerías o pescaderías, que sirven a menudo como lugares preferentes respecto al supermercado, de las tiendas especializadas en productos latinoamericanas. Se trata de tiendas gestionadas por población extranjera, no necesariamente del mismo origen, donde se obtienen productos frescos o envasados no localizables en supermercados y que forman parte de las prácticas alimentarias que se mantienen en destino.
La permanencia o cambio en la alimentación se encuentra marcado por modificaciones variables en los productos que se consumen, pero agrupadas alrededor de ciertas tendencias. La primera, una fuerte permanencia del consumo de arroz, que sigue acompañando en importantes cantidades los consumos alimentarios cotidianos, excepto en los grupos de edad más jóvenes. Contrariamente, el pan se introduce lentamente y a menudo en el marco de desayunos y almuerzos que se realizan fuera del hogar. Retrocede en cambio el consumo de maíz o de patatas, si bien estas últimas siguen estando bien presentes en los consumos de la población nacida en el interior. En las carnes, el incremento del consumo es manifiesto, dado que abarca los productos donde las diferencias de acceso son más notables respecto al origen. El principal consumo es de carne de pollo, puesto que su precio es reducido y se adapta bien a un colectivo donde existe una elevada frecuencia del consumo de sopas con pollo o gallina y a algunas combinaciones. También se incrementa el consumo de carnes rojas, siendo a menudo la de vaca la más deseada, seguida por la de cerdo. Sin embargo, el consumo de embutidos es bajo y se introduce lentamente en los hábitos familiares. Otro elemento característico es el recurso habitual a partes menos nobles, que se encuentran en retroceso en los hábitos de la población española.
No aparece en cambio como muy elevado el consumo de frutas y hortalizas, que experimenta un marcado retroceso. El principal consumo se realiza en las ensaladas, que ocupan un espacio limitado dentro del conjunto de la ingesta, al aparecer básicamente como acompañamiento en muchos casos. Más frecuente es el consumo de zumos, si bien en España se abandona una práctica extendida en origen de preparar zumos naturales en licuadoras, con la excepción de aquellos que se han adaptado al consumo regular de zumos de naranja. En cambio, se incrementa ostensiblemente el consumo de zumos envasados, que sirven de acompañamiento frecuente en las comidas de los miembros de la familia. Un producto importante en su dieta que se modifica en la frecuencia de consumo es el plátano macho, destinado al consumo frito, que sin embargo se mantiene en destinación bajo la forma de patacones. Por lo que se refiere a las legumbres, forman parte de un buen número de preparaciones, a causa de su importancia en la dieta. Resultan especialmente preferidas diferentes tipos de judías o lentejas (precisamente unas las preparaciones que permanecen es el “moro de lentejas”, una mezcla de lentejas y arroz muy similar a las preparadas en nuestro país), pero no resultan atractivas las habas o los garbanzos.
Otras cuestiones destacadas en cuanto al cambio en la frecuencia del consumo de productos es el mantenimiento del consumo de leche, junto al incremento del consumo de derivados lácteos, que viene dados sobre todo a través de los yogures. Ello se debe en buena medida a los cambios en los hábitos de compra y el recurso a los supermercados. También es destacable el hecho que uno de los productos más añorados es el queso. En cuanto a los huevos, el consumo es muy amplio, aunque muy variable: desde 1-2 unidades por persona y semana hasta las 6-8. En cuanto a las grasas culinarias, los aceites vegetales son dominantes como en origen, pero se inicia una transición progresiva hacia el aceite de oliva, si bien en el aliño de las ensaladas perdura la práctica de combinar limón y aceite.
Estos elementos ponen evidencia que los ecuatorianos experimentan notables cambios y el abandono o disminución de un buen número de productos consumidos en origen. Ello se traduce en una reducción de la diversidad y el nivel de consumo de ciertos productos, particularmente cereales, frutas, pescado y algunos tipos de legumbres, que generan riesgos en la adaptación saludable de la alimentación. Si a ello sumamos el hecho de que las condiciones de llegada generan dificultades para una adaptación adecuada a nuevos productos e inestabilidad en los ingresos ligada a las dificultades para la inserción laboral en destino y a los compromisos económicos adquiridos con familiares en origen, aparecen riesgos evidentes de generar comportamientos alimentarios inadecuados. Ello coincide en buena medida con las observaciones realizadas por ACNielsen (2004) respecto a los inmigrantes latinoamericanos en España, y apunta la necesidad de proceder observaciones precisas sobre otros colectivos, si bien las diferencias entre las alimentaciones de cada uno resultan muy importantes.
La alimentación de inmigrantes marroquíes
La alimentación de la población marroquí se encuentra marcada por una fuerte vinculación a las pautas alimentarias mediterráneas, así como por fuertes contrastes según el origen geográfico de cada individuo. El modelo alimentario marroquí destaca por una gran riqueza en productos de origen vegetal, un bajo consumo de productos de origen animal y una fuerte tendencia a la diversificación, pero las diferencias sociales son notables. Esas desigualdades afectan sobre todo a las zonas deprimidas, especialmente en familias que habitan algunas zonas rurales o entre población de las periferias urbanas (Lemtouni, 2002: 54). La población rural también se encuentra insuficientemente cubierta por el sistema de salud, con una parte de la población que no dispone de cobertura sanitaria alguna.
Respecto a los marroquíes que emigran a España, un primer elemento a tener en cuenta es el hecho de que se trata de una emigración fuertemente masculinizada, aunque no tanto como la de otros países musulmanes, como Pakistán. Se trata de un flujo migratorio que se distribuye tanto en zonas urbanas como rurales, por lo que hay que diferenciar las consecuencias sobre la alimentación según cual sea su destino. En nuestro caso, nos fijaremos en los inmigrantes urbanos. En el caso del hombre marroquí, el primer hogar en la sociedad receptora es un hogar compartido con hombres o una pensión. Este modelo de hogar formado por hombres, que por otra parte también se observa en otras poblaciones, es según algunos autores (por ejemplo, Jachevasky, 2003) un grupo de riesgo, ya que en general no están acostumbrados a ocuparse de las tareas domésticas en su país, lo que genera consecuencias negativas sobre su alimentación y su dieta. Estudios precedentes (Ramírez 1996) han observado que mientras los hombres marroquíes viven solos, compran bastante pan y latas de conserva, junto a algunas frutas, mientras que la carne, la leche y las verduras se encuentran poco representadas. Además, realizan a menudo algunos de los consumos del día en bares, a base de bocadillos y platos combinados, lo que supone globalmente ciertas deficiencias en las aportaciones nutricionales, vinculadas a un fuerte componente de desestructuración. Buena parte de esta situación se explica por la ausencia absoluta de competencias alimentarias y domésticas entre los hombres marroquíes. En cambio, en los hogares compartidos, como en el caso de los ecuatorianos, se detecta una tendencia a establecer pautas comunes al grupo que forma el hogar en lo que se refiere a abastecimiento o reparación culinaria, y a otras tareas domésticas. Ésta, en el caso de los hombres, se distribuye entre los diferentes miembros mediante el establecimiento de un calendario rotativo en la preparación de platos, el reparto de tareas domésticas concretas entre los miembros del hogar y la alternancia de responsabilidades.
En el caso de mujeres que han emigrado solas, si bien comparten con los hombres parte de las dificultades de estructuración en la etapa de soledad, la disposición de amplios conocimientos previos hace de su adaptación un proceso de menor riesgo. No es que todas las mujeres marroquíes lleguen a España con conocimientos profundos sobre la preparación culinaria, puesto que las mujeres jóvenes raramente son responsables de la alimentación en el hogar antes de salir del país ―lo son sus madres―, pero a diferencia de los hombres, han colaborado ya en las tareas domésticas. Hay que destacar, sin embargo, que la convivencia con otros parientes se encuentra más extendida que entre los ecuatorianos, especialmente en el caso de las mujeres. En algunos casos, los hombres también conviven con individuos de otras nacionalidades, lo que facilita un proceso de intercambio, de adquisición de prácticas y de platos de otros países, así como la generación de sincretismos.
Es sin embargo en los hogares compartidos por una pareja donde se producen situaciones alimentarias más variadas y equilibradas. A menudo se ha señalado también que los comportamientos alimentarios mejoran a medida que pasa el tiempo en el país de destino (por ejemplo, Montoya Saez et al., 2001), pero lo cierto es que la situación alimentaria no mejora ante el mero paso del tiempo, sino cuando mejora la inserción en la sociedad de destino, es decir, cuando se consigue una mejor situación económica a través de un trabajo estable o bien remunerado, cuando se resuelve la situación legal o cuando se accede a una vivienda adecuada. Por el contrario, perder el trabajo o fuertes endeudamientos tiene consecuencias sobre el presupuesto familiar y por consiguiente, sobre la alimentación, y éstas no son situaciones infrecuentes entre este colectivo.
En cuanto a los roles de género, mientras que en Marruecos éstos se encuentran perfectamente definidos, con la mujer como principal o única responsable, tanto si trabaja fuera del hogar, como si no, en la sociedad de destino éstos roles parecen reproducirse en términos generales. Aunque los hombres que emigran solos han de asumir las taras domésticas, esto cambia rápidamente tras la reagrupación. Ahora bien, pese a esa fuerte segregación de las tareas, los hombres pueden o deben cocinar en ciertas ocasiones, por ejemplo en las reuniones de la comunidad, en las celebraciones del ciclo vital y familiar o en celebraciones religiosas como la Fiesta del Sacrificio (Ayd el Kebir) . Esta participación de los hombres en las tareas culinarias más valoradas no es en absoluto exclusiva de este colectivo, sino que por el contrario se encuentra extendida a muchas otras sociedades, incluida la nuestra.
Es reseñable en el caso del abastecimiento doméstico el hecho de que además de mantenerse la segregación en el reparto de tareas, algunas mujeres ven mermada su autonomía respecto al hombre. Aunque en Marruecos la compra es responsabilidad única de la mujer, ésta goza de autonomía en cuanto a lo que compra, donde compra y, sobre todo, en el dinero que gasta, mientras que él limita su incidencia a algunas preferencias puntales. Sin embargo, una vez en destino, se observa que el hombre tiende a erigirse como administrador del presupuesto familiar, excepto en los casos en que la mujer trabaja y dispone de sus propios ingresos. La clave de este cambio radica en el hecho de que si el hombre ha emigrado primero, entre su migración y la de la mujer, éste habrá adquirido las competencias necesarias sobre las tareas del hogar, controlará el espacio y conocerá las formas de abastecimiento, lo cual le permitirá llevar la iniciativa, más aun si la mujer sufre problemas con el idioma y no trabaja fuera de casa, lo cual ralentizará su aprendizaje lingüístico. Sólo con el paso del tiempo y con una mayor integración de la mujer a la sociedad de destino, esto puede cambiar. En cambio si la mujer es la pionera en la migración, es probable que nada de esto se produzca, pero no olvidemos que este caso es minoritario en la migración marroquí. Tarrés (1998, p. 133) señalaba así mismo que en la selección de lo que se compra también hay rol de géneros: si la mujer es responsable principal en cuanto a los ingredientes básicos de la cocina, los hombres preferirían ocuparse de la carne o las especies, entre otros productos, pero lo cierto es que a nuestro entender, la disponibilidad de tiempo delimita la capacidad de participación en la compra de cada uno.
En cuestión de productos, lo que se observa entre los inmigrantes marroquíes es la permanencia de la preeminencia del pan como cereal básico de consumo. Disminuye sin embargo la práctica de origen de prepararlo en el hogar, que sin embargo pervive en algunos hogares, ya sea para reducir o gastos o para marcar celebraciones (no hay que olvidar que el contexto de las celebraciones es el más favorables a la reproducción de las pautas de origen). Su consumo, sin embargo, aunque sigue siendo alto, disminuye en algunas ocasiones, en función del grado de transformación que experimentan las propias prácticas: es más probable que perdure en una estructura familiar más reproductora de las pautas de origen, que en un hogar donde se imponen más consumos propios del destino. Igualmente persiste el consumo de trigo para espesar las sopas o el consumo de cuscús, que sin embargo se vuelve menos frecuente en numerosos casos. En cuanto a la carne, se producen diferencias importantes entre individuos, desde aquellos que la consumen con una elevada frecuencia de entre una y dos veces al día, hasta los que tan sólo la consumen un par de veces por semana. Por tipologías, la más consumida es la ternera y la de pollo, mientras que a pesar de su centralidad en las celebraciones, el cordero queda relegado a una tercera posición. En lo que al pescado se refiere, como en el caso ecuatoriano aparecen divergencias en origen en función del lugar donde se reside, pero en destino el consumo tiende a ser bajo, marcándose contrastes muy fuertes respecto a aquellos individuos procedentes de las zonas costeras. El precio es la causa de este retroceso, que contrasta con el hecho de un incremento percibido en la mayor parte de inmigrantes marroquíes en el consumo de carne. Las verduras y hortalizas también ocupan un lugar destacado en el consumo cotidiano, ya sea en forma de tagines, de guisados o en otras preparaciones. Igualmente considerable es el consumo de patatas en diversas formas, pero en cambio el consumo de fruta aparece como claramente menor: muchos son los que comen fruta menos de una vez al día, al menos fuera del periodo primaveral y estival, aunque raramente se consume por debajo de varios días por semana. Finalmente destacar la permanencia de un elevado consumo de legumbres, un moderado consumo de leche y un elevado consumo de huevos, estos últimos en diferentes formas. En cuanto al conjunto de alimentos consumidos, domina la percepción que por lo general se consume más comida en Marruecos que aquí, pero a menudo estas percepciones incurren en una sobrevaloración del propio consumo y se establecen en comparación con los alimentos que consumen cuando regresan, lo cual sin embargo no impide que en muchos casos sea cierto por diferentes motivos: mayor accesibilidad a algunos productos como el pescado, menor coste de vida para el marroquí inmigrante, mayor duración de las comidas.
Hay que señalar que el papel de los hijos como generadores de estructuración alimentaria aparece claramente, en la medida que exige una mayor organización y mejor equilibrio en la alimentación familiar, pero también porque favorece la formación de puentes entre la cocina del país de origen y la del país de destino. El nacimiento de hijos o el reagrupamiento supone un retorno a lo modelos de origen, a fin de garantizar un estado saludable de los mismos, si bien este retorno se comparte con el aprendizaje de prácticas propias de nuestra sociedad en el cuidado de los mismos. Por otro lado, se percibe en los hijos un proceso de cambio en las prácticas alimentarias respecto a los padres, que no es exclusivo de la sociedad de destino. Si bien de los hijos que residen en España se señala que sólo quieren comer aquello que les gusta, que no comen de todo o que rechazan muchos platos tradicionales, consideraciones parecidas se hacen de los niños que aun residen en Marruecos. Lo que si se añade en destino es una preocupación de los padres en cuanto al consumo que sus hijos puedan hacer de carne de cerdo, a la que puede sumarse incluso una desconfianza por el respeto de esta práctica en los comedores escolares.
Globalmente, pues, se observa entre los inmigrantes marroquíes contrastes en cuanto a las situaciones que se viven. Podemos afirmar que se trata de un colectivo que mantiene fuertes continuidades respecto a la situación de origen, pero sí se detectan importantes cambios entre aquellos hombres que conviven con otros hombres. Otro aspecto reseñable es el hecho de que el mantenimiento de las pautas en el hogar contrasta con un abandono de las mismas en los consumo fuera del hogar, donde esta se ven transformadas en profundidad, de modo que aquellos individuos que realizan gran parte de sus consumos fuera de él, ven modificadas en profundidad sus prácticas. Esto implica, además, tanto los consumos que se realizan en horario laboral y de ocio, como los consumos escolares. Y sin embargo, se observa que incluso en estos casos se manifiestan intentos de evitar alimentos considerados haram. Sin duda la proximidad en los modelos alimentarios favorece esta permanencia y que en otros países europeos las adaptaciones han de realizarse mediante mayores diferencias. Tampoco hay que olvidar que estas similitudes, no sólo objetivas sino también percibidas, se acompañan de la percepción de fuertes diferencias en cuanto a la calidad, especialmente de productos frescos, en la medida que se considera que se dan peores sabores, que dificultan la preparación culinaria. Así, entre los productos más mal valorados se encuentran hortalizas, verduras y frutas, y ello se debería sobre todo a las formas de producción.
En definitiva, podemos concluir que en la alimentación de los marroquíes que residen en España abundan las ambivalencias. Ambivalencias que transitan con facilidad de la alimentación a la imagen del propio cuerpo. Se detecta en los inmigrados marroquíes tanto representaciones sobre la alimentación, la imagen corporal y la salud perfectamente equiparables a otros bien presentes aquí, mientras que otros se reafirman en valores más propios del origen, que implican sobre todo la confianza en los modelos alimentarios de origen, si bien se comparte por lo general una percepción de necesidad de incrementar las precauciones respecto al incremento de peso.
Cambios y permanencias en la práctica deportiva
La práctica deportiva como actividad de ocio es una de las características que tienden a incrementarse en la sociedad catalana o española. Cada vez son más los individuos que dedican una serie de horas al ejercicio físico de forma individual o que desarrollan algún deporte de equipo durante su tiempo libre. Y aunque a medida que se incrementa la edad, la práctica deportiva tiende a reducirse, también es cada vez mayor la proporción de población en edad avanzada y de la tercera edad mantiene o incluso se inicia en alguna actividad física. Así, en la encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en el año 2000, Los hábitos deportivos de los españoles (2000),se ponía en evidencia que aumenta cada vez más la proporción de personas que hacen deporte de forma regular y dos son los deportes, que con un 39% y 36% respectivamente, movilizan más recursos en sus diferentes modalidades: natación y fútbol. Le siguen el ciclismo (22%) y la gimnasia de mantenimiento (15%). Los indicadores fueron especialmente altos en el caso de los jóvenes. Así, el deporte ocupa lugares destacados del espacio social en España en los grupos sociales mayores de 16 años. En las últimas décadas del siglo XX se ha convertido para amplios segmentos de la población española en un pasatiempo muy apreciado y en un importante producto de consumo de masas.
A este proceso no son ajenos los mensajes difundidos públicamente sobre los beneficios de la práctica deportiva, que se relacionan con la promoción de la salud, la preservación de la vitalidad, el incremento del rendimiento físico o la protección del bienestar individual. Así, hacer deporte es reconocido socialmente como un elemento importante en la preservación de la calidad de vida y a menudo una condición necesaria para proteger la salud, a pesar de que gran parte de la población destaque por sus hábitos marcadamente sedentarios o por compartir con la práctica deportiva otros hábitos bastante menos saludables. Sin embargo en la decisión de hacer deporte intervienen también otros factores, entre los que se cuentan el deseo de diversión, el deseo de sociabilidad, el afán de superación o la vocación competitiva. La encuesta ya mencionada del año 2000 daba cuenta de todas estas incidencias, al analizar las motivaciones para practicar deporte. Entre ellas dominaban los intereses propiamente vinculados a la voluntad de hacer algún ejercicio físico (58% de los encuestados), seguidos por los de divertirse o recrearse (44%) y finalmente por los de mantener y mejorar la salud (27%). Estos motivos dominarían sobre los más estrictamente de carácter competitivo. Cabe señalar, sin embargo, que se detectaban diferencias entre hombres y mujeres. Mientras que el interés por el ejercicio físico alcanza el 61% en el caso de las mujeres frente al 56% en el caso de los hombres, también entre ellas es mayor el porcentaje de individuos que declaran practicarlo para mantener y mejorar la salud (21% hombres, 37% mujeres) y para mantener la línea (9% hombres, 20% mujeres). Entre los hombres, lo más frecuente era su práctica por motivos lúdicos (50%).
La traducción de esta actividad en la forma de los espacios urbanos ha supuesto el desarrollo de diferentes de estructuras que posibilitan la práctica deportiva, de libre uso o de uso restringido. Entre las primeras se cuentan los espacios urbanos específicamente dispuestos para ellos, tales como pistas de fútbol sala o de baloncesto, situadas en plazas y parques, estructuras pensadas para practicar ciertos ejercicios gimnásticos o pistas de patinaje, entre otros. Entre las segundas, toda la oferta de polideportivos u otras instalaciones, cuya utilización se encuentra sujeta al pago de una cuota periódica o de una entrada. Y hay que añadir a ambas la utilización de otros espacios con fines deportivos, como todos aquellos donde se corre, o incluso la actividad física que se desprende del uso de la bicicleta en las ciudades como método de desplazamiento.
Este contexto es en el que se desarrolla la práctica deportiva en nuestro país y es el contexto en el que otras personas se incorporan a la práctica deportiva. Nos referimos a las personas inmigradas desde otros continentes. Ellas comparten buena parte de las motivaciones de los autóctonos en cuanto a la práctica deportiva y las plasman mediante actividades deportivas en nuestras sociedades. Sin embargo, diferentes circunstancias ligadas al hecho migratorio dificultan que se haga deporte. Aparecen fuertemente marcadas dos grandes dificultades: falta de tiempo y limitaciones en el poder adquisitivo para desarrollar la actividad deportiva. Lo primero se relaciona estrechamente con el contexto sociolaboral en el que se encuentran buena parte de estos colectivos. En primer lugar, hay que recordar que la situación de irregularidad en la que se encuentran una parte de sus miembros dificulta o hace imposible el acceso a la práctica deportiva vinculada a clubes o gimnasios privados. Pero sobre todo, es el acceso a los trabajos menos cualificados y sus consecuencias sobre la economía doméstica, lo que limita las pretensiones de muchos de las personas que proceden de otros países a acceder a esta práctica. Y ello tiene lugar por dos motivos, tanto por una baja disponibilidad de recursos, que se ve acentuada en los casos en que se envía dinero al país de origen, como a la necesidad de ampliar el horario laboral mediante la conciliación de diferentes ocupaciones, que supone importantes reducciones sobre el tiempo de ocio, tanto en los días de cada día como en el fin de semana.
Es por ello que una gran parte de estos colectivos se encuentran en una situación de fuente sedentarismo, escasamente compensada por la dedicación a trabajos manuales. Hay que tener en cuenta que las consecuencias sobre el cuerpo son notables especialmente en aquellos colectivos que presentan unos estilos alimentarios más alejados del modelo mediterráneo, puesto que tienden a reproducirse unos hábitos que en el país de origen se habían desarrollado en un contexto de mayor actividad física, y por lo tanto, de mayor desgaste calórico. Es por eso que en poblaciones como la ecuatoriana se detectan a menudo incrementos de pesos, que sin traducirse por lo general en la experimentación de obesidad, sí que conducen a un paso rápido entre individuos que se encuentran en normopeso a una situación de sobrepeso. Situación que puede además alcanzarse rápidamente entre aquellos individuos que los primeros meses de vida en nuestro país experimentan una mayor desestructuración alimentaria, traducida en un incremento del consumo de grasas derivada de un fuerte aumento del consumo de alimentos procesados.
Sin embargo, la voluntad de hacer deporte no se anula con la llegada a destino y en casi todos los colectivos se observan pautas de comportamiento destinadas a reproducir esta actividad, por mucho que se vuelva ocasional o su realización presente una frecuencia inferior a la semana. Y es en este sentido que se produce la ocupación de los espacios públicos deportivos por parte de los colectivos de extranjeros. Se observa una importante presencia de extranjeros de diferentes orígenes en parques o pistas deportivas de las grandes urbes, especialmente en los barrios que estos habitan. Los deportes practicados coinciden por lo general con los realizados en origen, pero éstos se estructuran en general alrededor de aquellos que presentan una mayor facilidad para su realización, como el fútbol. No faltan por ello colectivos que introducen en nuestros espacios públicos deportes que se encuentran fuera de nuestras preferencias generales, tales como el críquet, un deporte ampliamente practicado por los inmigrantes paquistaníes de Barcelona, ciudad donde se concentra la mayor parte de este colectivo. El desarrollo de actividades deportivas también se realiza a menudo en momentos de ocio compartidos por amigos o familias, pues a menudo se organizan improvisados partidos de fútbol u otro deporte durante los domingos, cuando los inmigrantes se desplazan fuera de las ciudades, a espacios apropiados para comidas colectivas.
De este modo, observamos que el proceso migratorio aparece netamente como uno elemento disuasorio en la realización de actividades deportivas, no tanto por falta de voluntad o de motivación, como de condiciones apropiadas para ello. De la misma manera que entre los españoles la vida cotidiana limita en muchos casos la posibilidad de realizar algún deporte, entre los extranjeros ello también sucede, pero afecta con más intensidad a causa de las constricciones económicas o las dificultades en la integración laboral. Dado que ello supone una limitación obvia en la capacidad de preservar un buen estado de salud, no son desdeñables medidas sociales que contribuyan a corregir estas dinámicas.
Conclusiones
Hemos observado como el proceso migratorio tiene consecuencias sobre los hábitos alimentarios y deportivos, lo que a su vez presenta consecuencias sobre el estado del cuerpo. Por un lado, se hace evidente que el cambio en el país de residencia produce cambios en diferentes direcciones respecto a la propia alimentación. Cuando éste además se produce en condiciones difíciles, esos cambios suelen ir acompañados de riesgos para la salud. Riesgos que pueden sumarse a los preexistentes en cada individuo, relacionados con una malnutrición causada por dificultades económicas o hábitos desestructurados, o con un sedentarismo importante que sea responsable de situaciones de sobrepeso y obesidad.
Los elementos, sin embargo, que aparecen más vinculados al hecho migratorio es la desestructuración en los comportamientos alimentarios y deportivos, entendida ésta no como el cambio de una alimentación estructurada alrededor de unos hábitos y rutinas que entran en crisis con el cambio de residencia. Crisis que resulta profunda en condiciones de irregularidad, de carencia de vivienda digna, de soledad o de precariedad económica, en la medida que los factores que habitualmente permanecen de forma más sólida también se vuelven frágiles, esto es, principios dietéticos, regularidades, etcétera. Sólo cuando esta situación mejora se produce un retorno a las pautas de origen, que sin embargo no se convierten en lo mismo que habían sido, sino en una versión adaptada a una nueva oferta alimentaria, a unas nuevas formas de abastecimiento o a una nueva tecnología culinaria. Y sin embargo el retorno a pautas previas es visible, lo cual se debe a que los cambios profundos en el conjunto de prácticas alimentarias tienden a obedecer más a fenómenos externos que a decisiones propias.
Cabe preguntarse si promover la preservación de los comportamientos en origen es una buena vía para una mejor salud corporal y la respuesta que aparece como obvia es que todo depende de cuáles sean los elementos de origen. En el caso de los marroquíes no hay duda de que presentan globalmente una cocina que se sitúa muy cerca de los equilibrios nutricionales deseados y promovidos, por lo que contribuir a mantenerla aparece como deseable y necesario. No sucede lo mismo con otros colectivos, como el ecuatoriano, ostensiblemente más alejado. Pero lo que es importante destacar es el hecho de que más allá de la cocina tal y como se describe, se encuentra la alimentación realmente existente, la forma como esa cocina se desarrolla en el día a día, que presenta tanta variabilidad como grupos sociales e individuos hay. Y además, en muchos orígenes se detectan dificultades reales para acceder regularmente a la alimentación. Ahora bien, no cabe duda de que es más fácil construir una adaptación saludable a través de su propia cocina, con las consideraciones dietéticas necesarias, que a través de la cocina de destino. Así, si las condiciones económicas, laborales, legales y familiares son óptimas, de forma que se reduzca el estrés migratorio, es posible una adaptación alimentaria fluida, creativa, y una mejor reproducción de los comportamientos deportivos de origen. Es por eso que centrar cualquier actuación que se desee realizar sobre estos colectivos sobre aspectos más amplios de la calidad de vida aparece como una condición ineludible.
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