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Los Organismos Genéticamente Modificados: del “debate social” a la “percepción pública”
per Elena Espeitx
diumenge 22 de febrer de 2004.
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1. Introducción

La biotecnología es una tecnología horizontal, es decir, que posee la capacidad de afectar a prácticamente todos los sectores de la actividad humana. La salud y la minería, la agricultura y la elaboración de fármacos, la producción de energía o la eliminación de residuos contaminantes son, entre otras, actividades en las que la biotecnología puede intervenir. Esta potencial capacidad transformadora le confiere un peso económico notable, relevancia científico-técnica y potencial incidencia en la vida social. Peso económico y relevancia científica explican que el desarrollo de esta tecnología se haya puesto en el centro de las políticas científicas y tecnológicas de los países desarrollados. Ya en 1991, tras un año de intenso debate, la Comisión Europea publicó el informe “Promover en la Comunidad las condiciones de competitividad de las actividades industriales basadas en la biotecnología” (SEC/91/629). En este documento se expone, según los cálculos efectuados por la propia Comisión, que las ventas mundiales de productos derivados de la biotecnología alcanzaban en 1985 los 7.500 millones de ECUs. Ante la magnitud de dichas cantidades, y considerando su enorme potencial de desarrollo, la Comisión Europea sitúa a la biotecnología como una prioridad tecnológica estratégica, al tiempo que se propugna la necesidad de crear las condiciones necesarias para el fomento de las bioindustrias. El año 1993, el libro blanco de la competitividad y el empleo de la Comisión Europea la definía como una de las claves de la prosperidad de Europa. La capacidad de incidir en la vida social explican -en parte- que sea objeto de controversia. La vertiente “medioambiental” de la biotecnología aplicada a la agricultura sitúa a las asociaciones ecologistas como uno de los principales impulsores del debate. Si la controversia se convierte en actitudes de rechazo por parte de “la opinión pública”, y la opinión se traduce en decisiones en el mercado por parte de los “consumidores”, su desarrollo puede verse -de hecho se ha visto- frenado. No debe olvidarse que los productos “transgénicos” alimentarios están destinados a la comercialización, “compitiendo” con alimentos equivalentes, con los cuales en poco se diferencian -es decir, no presentan ventajas evidentes-, salvo en el hecho de haberse utilizado técnicas o no de ingeniería genética en su producción. Las “reacciones de los consumidores” se convierten así en una de las variables clave a considerar, a introducir en la planificación y en objeto e preocupación -y de encuestas y sondeos de opinión-. De esto vamos a hablar a continuación, del debate, de la “opinión pública” y de las representaciones sociales sobre los OGM’s.

2. La tecnociencia en el centro de un debate social: los OGMs como objeto de controversia

“Dos aspectos dominan las estrategias de innovación en este sector; las reacciones previsibles de los consumidores y la capacidad de las biotecnologías para incrementar la cantidad de alimentos. La industria se encuentra con dos problemas estratégicos. Debe decidir el tipo y el nivel de integración en la cadena agroalimentaria, es decir, sus alianzas con los proveedores de inputs y de materias primas agrícolas. Igualmente, debe elegir la magnitud de su investigación interna y sus vínculos con programas cooperativos de investigación en el sector de las biotecnologías. Las reacciones de los consumidores, más que la presión tecnológica, formarán las innovaciones industriales, especialmente en el campo de los productos genéticamente transformados.”(Mateo Box, 1993: 265o:p>

En primer lugar quizás convendría precisar que es eso a lo que llamamos “debate social”. ¿Un debate en el que participa el conjunto de la sociedad? Evidentemente no. Se trata de un debate impulsado y alimentado por determinados actores sociales, con alguna implicación o interés más o menos directos en el objeto de controversia, captado, mediado y difundido por los medios de comunicación, y que puede llegar por esta vía, en mayor o menor medida, al conjunto de la población. Que un determinado debate llegue a oídos de los individuos que no participan en él no quiere decir que éstos se sientan en todos los casos interpelados. A menudo no es así. Ni en el caso de sentir algún interés por la cuestión debatida, que este sea muy intenso o muy duradero. En algunos casos, y por sorprendente que pueda parecer -por los ingentes esfuerzos mediáticos por llamar la atención- se puede no haber ni oído hablar de algún famoso “debate social”. Esto, aunque evidente, merece ser destacado, por que a veces, incomprensiblemente, se atribuyen a los actores no implicados los argumentos de los agentes del debate, argumentos que, a menudo, ni tan sólo conocen. El debate sobre los llamados “transgénicos lo ilustra a la perfección, como veremos. Por esta razón hay quién afirma que no existe en realidad debate social sobre los OGMs en España, en el sentido que gran parte de la población se ha sentido poco -o nada- interpelada. El debate existe, sin embargo, puesto que ha habido actores dispuestos a alimentar la controversia, pero conviene delimitar los diferentes niveles de éste. Por un lado están los diferentes agentes -como representantes de colectivos-, ocupando diferentes espacios, con diferentes argumentos y con distintos objetivos y modificaciones. Luego están los individuos, que aunque formando parte de un colectivo, imprimen a sus interpretaciones y a sus argumentaciones su visión personal. Y luego están todos aquellos que no forman parte directamente del debate, pero que de manera colectiva e individual asisten a éste, es decir, que a partir de representaciones sociales compartidas, de “opiniones” difundidas, lo interpretan y lo interiorizan.

Si la controversia -alimentada por diferentes agentes- se acaba traduciendo en actitudes de rechazo por parte de “la opinión pública”, y la opinión se concreta en decisiones en el mercado por parte de los “consumidores”, el desarrollo de la biotecnología aplicada a la producción alimentaria puede verse -de hecho se ha visto- frenado. No debe olvidarse que los alimentos “transgénicos” están destinados a la comercialización, “compitiendo” con alimentos equivalentes, con los cuales en poco se diferencian -es decir, no presentan ventajas evidentes-, salvo en el hecho de haberse utilizado técnicas o no de ingeniería genética en su producción. Las “reacciones de los consumidores” se convierten así en una de las variables clave a considerar, a introducir en la planificación y en objeto de preocupación -y de encuestas y sondeos de opinión-.

Como se trata de una polémica, de un debate, se recurre a la argumentación, -a partir de un abanico amplio pero limitado de argumentos- mediante el planteamiento de un hecho que se presenta como problemático y que admite diversidad de pareceres y de interpretaciones. La idea de un proponente se contrasta con la idea de un oponente. Ambos están claramente posicionados, y no estrictamente en relación con el tema planteado, sino en función de un discurso más amplio y comprehensivo, y recurren a una batería de argumentos en los que se centrar convencer a los “consumidores”. El interés en se explica, como se ha dicho, porque con relación a las biotecnologías, la actitud y el rechazo de éstos puede frenar su desarrollo. Esta situación conduce a que “comunicar” y sobre todo, “convencer”, se convierta en una necesidad. Para muestra las campañas publicitarias llevadas a cabo por multinacionales como Monsanto. Pero no sólo, también los mismos científicos que trabajan en este campo han desarrollado actividades de “formación” e información para defender su ámbito de investigación, exponiendo los beneficios de estas aplicaciones y las medidas que se toman para garantizar su seguridad. Del mismo modo, los representantes de asociaciones ecologistas u otras organizaciones se lanzan a difundir su mensaje, utilizando las diferentes estrategias al uso, entre las que destacan las espectaculares campañas de Greenpeace. Esta situación se traduce en que un cierto número de expertos aparecen de manera recurrente en todo tipo de foros para defender o denunciar las aplicaciones biotecnológicas. Se evidencia que éstos conocen los argumentos de los oponentes al dedillo y que construyen sus contrargumentos a partir de éstos. Y viceversa. Es decir, los elementos que aparecen en el debate se construyen dialógicamente a medida que este se desarrolla. Ningún argumento es gratuito -responde a unos contrargumentos-, ni banal -utiliza determinados valores, interpela determinadas sensibilidades. Esto hace que el debate “avance” a lo largo del tiempo, que algunos argumentos se afinen en función de las críticas recibidas por los “adversarios”, que otros se abandonen o se dejen en segundo lugar, y se refuercen los que parecen más efectivos. Así, un argumento que transgénicos pueden resolver el hambre en el mundo” es rápidamente abandonado por los científicos -por ser fácilmente rebatible- aunque las empresas lo puedan seguir utilizando, y el argumento de la “toxicidad”, utilizado el principio por los oponentes, es también progresivamente dejado de lado, después de ser rebatido por los científicos en numerosos foros. La confrontación de agentes y argumentos, sin embargo, no parecen conducir al consenso, sino a exacerbar posiciones.

Aunque los “consumidores-ciudadanos” no sean agentes activos en la polémica -aunque puedan serlo en sus decisiones de compra, juegan un papel esencial en el sentido que los discursos se construyen en “su honor”, les están destinados, están pensados para convencerlos. Los diferentes agentes compiten entre sí en el intento de inclinar la opinión en su favor y captar la atención. Este es el motivo por el cual los argumentos que aparecen en los medios de comunicación de amplio alcance -los no especializados- tienen poco que ver con las técnicas en si mismas o con sus fundamentos científicos, puesto que se considera que estos no movilizan fácilmente las opiniones y las actitudes. Tienen que ver con otros intereses y preocupaciones que interpelan más directamente a los distintos sectores sociales, económicos y culturales implicados. Esta verdad que tanto proponentes como oponentes han realizado esfuerzos de subir el nivel del debate, de afinar las argumentaciones pero siempre en foros especializados o reducidos -seminarios, jornadas, publicaciones...- con poca trascendencia fuera del ámbito de los agentes implicados, a nivel de “gran público”. Aquellos que acuden a este tipo de eventos ya suelen estar posicionados de antemano, o tienen un interés o una sensibilidad particular por este tipo de cuestiones, es decir, parten ya de una opinión más o menos formada, más o menos implicada. Esto supone que la dinámica que puede tomar este tipo de encuentros depende en cierta medida del tipo de “público”, el cariz que adopte el debate se escorará hacia un lado u otro según la adscripción ideológica predominante. El interés de este tipo de sesiones es indiscutible, en primer lugar porque puede contribuir a la discusión razonada entre los agentes, y también porque pueden proporcionar información útil al reducido numero de individuos que asisten como público interesado. Pero tiene poco peso a la hora de conformar “opiniones públicas” o de establecer consensos. Si en las sesiones reducidas de trabajo apenas se establecen puentes, la proliferación de voces que pugnan por hacerse oír en los foros realmente “públicos” y mayoritarios, los medios de comunicación, generan una impresión de polémica, a menudo de abierta confrontación, ya que cada agente se pronuncia en función de sus intereses y de sus posicionamientos, intentado neutralizar los argumentos de los adversarios. Los argumentos se estilizan, se sacrifican las matizaciones.

Por otro lado, y es bien sabido, los medios de comunicación no se limitan a transmitir una información neutra -ni la información política, ni la deportiva, y tampoco, como es obvio, la tecnocientífica-. Vehiculan y transmiten mensajes de los diversos agentes, sin duda, pero no solamente. Son un agente activo más, al construir la noticia. Esta se construye al elegir los temas a tratar, al escoger los informantes a los que se va a dar voz, y al decidir que sentido se da a todo ello. La dispersión de los focos de interés y la mezcla de voces que aparecen para defender intereses diversos, cada cual con su propia legitimidad y interpelando de diferentes maneras a los ciudadanos, convierten la supuesta “divulgación” de las noticias científicas en una polémica. Y esto no excluye la profesionalidad de algunos buenos periodistas científicos, que buscan transmitir una información lo más sólida y bien argumentada posible. Pero esto no modifica la situación de fondo. Los medios de comunicación de masas, que no siendo verdaderos generadores de discursos, son imprescindibles para que se despierte el debate social y para que éste vaya ganando fuerza, recogen y difunden los diferentes mensajes, presentándolos en unos determinados términos. El impacto real de las diferentes informaciones que difunden los medios de comunicación es un tema ampliamente discutido y relativizable. Sin embargo, la gran relevancia del papel de los medios de comunicación en la recreación de la “alarma social” -aunque esta “alarma” sea también ampliamente relativizable-. es algo de lo que todos los actores creadores de discursos son conscientes y utilizan para difundir sus discursos. La presencia de un agente, con intereses y discursos opuestos a los de otro, estimula la voluntad de trasladar a los medios de comunicación los debates sobre alimentos transgénicos, en términos de abierta polémica.

3. Los agentes en el debate

“Los avances espectaculares que han experimentado  durante las dos últimas décadas la biotecnología en general y la ingeniería genética en particular son responsables, en parte, del intenso debate público sobre las implicaciones éticas, ambientales, sanitarias, sociales y económicas de las modificaciones realizadas por los científicos en el material genético de los microorganismos, plantas y animales. Si añadimos a esto los últimos resultados de la "clonación" de animales y la ya famosa oveja "Dolly", la sociedad tiene todos los ingredientes para polemizar  sobre el riesgo, la inseguridad y los límites de la ciencia. Las respuestas sociales, e incluso el rechazo de algunas aplicaciones de la ingeniería genética, han tomado una forma diferente  a los casos de los riesgos ambientales  y nucleares. No se  trata de movilizaciones  masivas, ni de la creación de nuevos movimientos sociales, sino de la articulación de campañas de sensibilización y denuncia públicas por parte de ONG monotemáticas o de grupos ecologistas que prefieren acciones espectaculares ante los medios de comunicación en vez de la manifestación tradicional. La eficacia de dichas campañas ha sido enorme y, para la industria biotecnológica, un inesperado y duro golpe ante la comercialización de sus nuevos productos. La de los noventa ha sido la década de las ONG” (Lemkow, 2000: 32)

Esta cita introduce algunas cuestiones centrales en el análisis del debate sobre los OGMs. Es cierto que el extraordinario desarrollo tecnocientífico de la disciplina, que supone cambios veloces y de amplio alcance, ha favorecido la adjudicación de un determinado papel a la nueva biotecnología, situándola en el centro de un debate de múltiples dimensiones, que no tiene que ver sólo -y esto es obvio- con la tecnología propiamente dicha. Su carácter de “novedad” potencialmente transformadora la convierte en un excelente pretexto para distintas batallas, algunas estrechamente relacionadas con ella, otras relativamente ajenas. Así, el análisis de los beneficios y de los riesgos de los alimentos llamados “transgénicos” atrae a multitud de agentes, involucra a científicos, académicos, representantes de la industria, periodistas, políticos, agricultores, miembros de distintas asociaciones, así como a un cierto número de personas que, sin estar directamente implicadas, se sienten interpeladas por distintas razones por la polémica y sus implicaciones.

Por un lado tenemos aquellos agentes netamente posicionados en el sí o el no. Por el otro, aquellos que en segunda instancia se incorporan al debate. En el sí, como principales impulsores de estas aplicaciones, los grandes agentes económicos, en particular multinacionales agroquímicas. También en entre los agentes favorables se encuentran los científicos que desarrollan estas tecnologías y que señalan los importantes avances que éstas pueden suponer. En el no, son los movimientos sociales -con un papel muy destacado de las asociaciones ecologistas- los que se posicionan netamente. Dos ideas aparecen como dominantes en el rechazo: las repercusiones ecológico-sanitarias de la difusión de nuevas aplicaciones con efectos desconocidos en un contexto que ya se describe como de “crisis ecológica global” y la crítica del desarrollo socioeconómico hegemónico. Igualmente junto a este mensaje dominante aparecen muchos otros complementarios, pero que parecen jugar un papel de comparsas o de complemento de los anteriores. Al tratarse de una controversia que interpela a los “consumidores”, las asociaciones de consumidores también se incorporan al debate. Los sindicatos agrarios por su parte se pronuncian, por estar directamente implicados, y lo hacen en función de su posicionamiento ante cuestiones más amplias.

4. Definiendo la “opinión pública”: encuestas y sondeos

 “La ciencia es hoy una actividad colectiva imposible sin grandes recursos y que necesita una opinión pública favorable, una opinión pública que, por su parte, está muy atenta a sus promesas. Las necesidades de financiación  obligan a batirse en las viejas batallas de la legitimación y de los recursos o, lo que es lo mismo, a acudir a la escena pública, un lugar en donde no funcionan las reglas, las maneras tradicionales de las comunidades científicas, en donde antes que los buenos argumentos importan los "resultados rápidos y espectaculares" que puedan ocupar las páginas de los periódicos. En esas condiciones, no es difícil que aparezca la tentación de explotar las razonables expectativas y hasta las fantasías de las gentes ante unas promesas  de la ciencia que, al fin, son promesas sobre sus vidas. Por supuesto, está en el interés de cada uno -de cada segmento social, para ser precisos y realistas- el que sus necesidades e intereses se escuchen más que los de los demás o, lo que es lo mismo, desde el otro lado, está en el interés de los científicos el que los potenciales beneficiarios de sus proyectos de investigación sean el mayor número posible o, para ser más exactos, sean beneficiarios en condiciones de hacer valer con fuerza sus intereses” (Ovejero Lucas, 2002: 31)

Como se indica en la cita precedente, la ciencia es una actividad, hoy, que requiere grandes recursos, y, para obtenerlos, requiere, en parte y en cierta medida, de una opinión pública favorable. La “opinión pública” con respecto a los transgénicos han sido objeto de preocupación, al considerarse que podría suponer un freno a su desarrollo. Por esta razón, desde hace unos años las opiniones sobre las biotecnologías han estado sometidas a numerosas investigaciones y encuestas. Así, en el marco de las inquietudes expresadas por distintos sectores de la sociedad ante el desarrollo de la ingeniería genética se han realizado, en los últimos años y en diversos países (incluyendo España), investigaciones sobre las actitudes públicas hacia la biotecnología.

La evaluación de los resultados de todas estas investigaciones sobre las actitudes públicas hacia la biotecnología plantea problemas e interrogantes. En primer lugar, en un cierto número de los estudios se presentan cuestiones bastante amplias sobre biotecnología, y no alcanzan a referirse a las diversas aplicaciones específicas en campos tales como la agricultura, el tratamiento de los alimentos y la acuacultura. Durante años, se ha centrado la atención en el campo de la ingeniería genética humana. Y los estudios sobre la aceptación pública de la ciencia muestran ampliamente que aunque la población es, en general, favorable a la ciencia y a la tecnología, pueden darse discrepancias en torno a cuestiones concretas y rechazos ante determinadas aplicaciones. Las preguntas generales sobre la aceptación de la biotecnología pueden no aportar demasiadas indicaciones en relación con el modo de pensar de la gente ante algunas aplicaciones muy específicas, como se manifiesta claramente cuando se hacen preguntas más concretas. Este problema parece estar en vías de solución en las encuestas más recientes, que se centran ya mucho más en las aplicaciones. Esto ha permitido observar que las aplicaciones de la biotecnología y la ingeniería genética que pudieran estar relacionadas con la elaboración de productos alimentarios son los que reciben un menor grado de apoyo y que las aplicaciones relacionadas con la salud son las que reciben mayor apoyo. Y esta observación nos lleva ya de lleno al terreno de los interrogantes. Las encuestas nos muestran una determinada "imagen" de las percepciones públicas, pero no alcanzan a explicar los mecanismos que intervienen en la generación de éstas. Aún así, ofrecen una "foto fija" de indudable valor para plantear preguntas. Aunque quizás no tanto para responderlas.

Junto con la diferente valoración de las aplicaciones relacionados con productos alimentarios y aplicaciones relacionadas con la salud, se recoge en las encuestas una actitud ambivalente respecto a los beneficios económicos que estas tecnologías puedan representar, y para quién, y una cierta reserva en el tema del beneficio en cuanto principal motor de la biotecnología. También se plantea la cuestión de los riesgos y la incertidumbre -de los efectos imprevistos e imprevisibles- pero sobre todo, la de la falta de controles institucionales adecuados. Los acontecimientos no ligados con la biotecnología sino a otros campos de la producción alimentaria parecen inquietar a los consumidores con respecto a la voluntad o la capacidad de las autoridades para controlar las actividades de la industria agroalimentaria. Aparece claramente la "demanda"de etiquetaje y también de información, y esto debe ponerse en relación con la valoración y la confianza en los políticos que alcanza cotas extremadamente bajas.. A este respecto, la actitud más frecuente consiste en una exigencia de elección y una demanda de información. Aparece con una cierta claridad que una parte significativa de los encuestados no confía ni en las empresas ni en los gobiernos como fuentes de información fiable.

Uno de los aspectos más destacados de los resultados es la variabilidad entre los diferentes países y, sobre todo, las variaciones que se producen a lo largo del tiempo.

Por lo que respecta a los conocimientos, y comparando las encuestas Eurobarómetro a lo largo de los años, vemos que en el ámbito de la genética los conocimientos no parecen haber evolucionado mucho. El número de respuestas incorrectas se mantiene en general, y la escasez de conocimientos sobre el tema se hace patente. También se observa que la población española posee un grado de familiaridad con la biotecnología y la ingeniería genética inferior a la media europea. La valoración de la utilización de la biotecnología moderna en la producción de alimentos parece decrecer, si comparamos encuestas del 96 i el 99. También cae la valoración de la aceptabilidad moral de la utilización de la biotecnología moderna en la producción de alimentos. Disminuye a su vez la confianza en que la biotecnología tenga un efecto positivo sobre la calidad de vida en el futuro (se registra un descenso del porcentaje de respuestas afirmativas del 5% entre el Eurobarómetro del 96 y el del 99. De entre las distintas aplicaciones de la biotecnología, la menor aceptación se registra, en la mayor parte de las encuestas, en la producción de alimentos, y se observa, además, un descenso respecto al nivel de aceptación de años anteriores. Por el contrario, otras aplicaciones de la biotecnología, como la detección de enfermedades hereditarias o los usos farmacéuticos, mantienen los niveles de aceptación constante. La principal causa de la menor aceptación del uso en la producción de alimentos es la mayor percepción de riesgo en esta aplicación, con lo cual ha caído el apoyo a los alimentos y cultivos transgénicos, rechazados por una mayoría de más de dos tercios de los encuestados.

Las consecuencias del desarrollo científico y tecnológico son percibidas de maneras muy diversas por los europeos. El balance general entre efectos positivos y efectos no deseados se mantiene positivo. Pero ya no se considera que la ciencia y la tecnología puedan ser remedios absolutos a toda una serie de problemas que dependen, en gran medida, de otras instancias, en particular de las políticas públicas sociales o de medio ambiente, así, puede considerarse que el balance general de los resultados de la actividad científica se ha degradado. Es interesante observar la variación en función del nivel cultural ante algunos planteamientos. Para una parte de proposiciones relativas a los dominios de acción de la ciencia, las respuestas son más positivas a medida que aumenta el nivel de conocimientos. Por su parte, la idea de una institución científica todopoderosa es más rechazada a medida que aumenta el nivel cultural.

Esto plantea el papel que juega el nivel de formación y de conocimientos en la generación de opiniones. En todos estos estudios se intenta evaluar el nivel de conocimiento -o mejor dicho, de desconocimiento- de la población en relación a esas biotecnologías. A partir de esta evaluación, se establece una correlación positiva entre nivel de conocimiento y acceptación. Y se concede a esta correlación carácter explicativo. La información y la formación serían la clave para superar rechazos, ya que éstos se explicarían por el desconocimiento. En cambio, observamos que, aunque el nivel de desconocimiento se mantiene constante, el rechazo o la desconfianza se incrementan. Y también vemos que, por ejemplo en España, donde el nivel de conocimientos parece más bajo, el de aceptación es mayor.

A pesar del apoyo público a la ciencia en general y a las aplicaciones tecnológicas que impliquen ventajas evidentes para la sociedad, han surgido muchas preocupaciones medioambientales, sociales, económicas y éticas acerca de algunas de las nuevas tecnologías. Por un lado, algunos sectores expresan su recelo sobre las consecuencias de las aplicaciones de la biotecnología, sus efectos inesperados o indesad Por el otro, se manifiesta desconfianza en la capacidad de control y de la administración. Impacto (socioeconómico y medioambiental), regulación e información parecen ser tres palabras clave, todas ellas relacionadas con una percepción creciente de la vulnerabilidad ante el cambio tecnológico y la inseguridad del medio ambiente. La cambiante percepción de inseguridad, especialmente ante el público "informado", está en relación con la extensión del discurso medio ambiental (Levidow y Tait 1991:15), sin duda, pero esta percepción debe ponerse tanbién en relación con la manifiesta desconfianza en los poderes públicos citada anteriormente, puesto que la percepción de riesgo se explica en buena medida por ésta. Los recientes "escándalos alimentarios" sin duda contribuyen a ello. En estrecha relación con la regulación y el control está el tema de la información. La liberación deliberada de organismos modificados genéticamente, o la introducción de nuevos productos de la ingeniería genética, plantea el problema de la confianza pública y el acceso a la información adecuada. Como hemos visto, la "demanda" de información y de transparencia se refleja en las encuestas.

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