Inici

La construcción de alternativas alimentarias entre los movimientos sociales
Congreso Internacional de Antropología de la Alimentación (2001). Borja (Zaragoza).
per Juanjo Cáceres
dimarts 17 de febrer de 2004.
Versió per imprimir    

Abordar el papel de los movimientos sociales en el marco de un congreso sobre Racionalidad e irracionalidad del consumo alimentario, resulta de lo más oportuno, en la medida que lo que hemos llamado “construcción de alternativas alimentarias” tiene mucho de voluntad de racionalizar el consumo alimentario, no de forma individual, sino colectiva. Una racionalización que no abarca sólo el consumo, sino todo el sistema agroalimentario, esto es el sector agrario, la industria agroalimentaria y la distribución alimentaria; y las alternativas alimentarias que se proponen no se circunscriben a un territorio concreto, sino que incluyen al conjunto del planeta.

En las sociedades occidentales, ha tenido lugar un incremento de la atención social hacia los sistemas de producción de alimentos, motivada por la sucesión de crisis alimentarias a las que hemos asistido a lo largo de la década de los 90. En un contexto socioeconómico donde la abundancia alimentaria ha convertido los productos en una mercancía más, sometida a la competencia comercial y donde multitud de agentes intentan orientar las elecciones y las preferencias alimenticias (Fischler 1999; Espeitx y Cáceres, 2002, Millán 2000; Millán 2002), han aparecido también análisis sobre los riesgos socioeconómicos, sanitarios y ambientales de las prácticas productivas modernas a lo largo de las últimas décadas, realizados por asociaciones de diversa índole. Estas son grupos ecologistas, entorno a la protección del medio ambiente; asociaciones en defensa de los derechos de los animales, por motivos obvios; diferentes ONGs de cooperación internacional, implicadas en la proyección de nuevos modelos agrícolas, o, por supuesto, asociaciones campesinas, ante la inviabilidad de las explotaciones agrarias y la expulsión de fuerza de trabajo del sector primario.

Esa reflexión de los movimientos sociales se enmarca dentro de una reflexión global sobre el impacto de las actividades humanas sobre el planeta y las relaciones económicas y sociales. De ahí que las motivaciones de estos movimientos poco o nada tengan que ver con el supuesto creciente interés social que cobran los temas alimentarios en cuanto a preocupación por la salud o la imagen corporal; ni con “reacciones histéricas” o de “pánicos” falazmente atribuidas al ciudadano-consumidor, cada vez tratado menos como ciudadano y más como consumidor. Y cobran un sentido preciso según el ámbito del movimiento social en que se desarrolla. Aquí me voy a referir a la construcción de discursos alimentarios en un ámbito concreto, entre los movimientos que desarrollan su actividad en Barcelona. Barcelona ha sido un lugar privilegiado para la observación del diseño de “alternativas alimentarias” a lo largo de los años 2000 y 2001, como consecuencia de la intensa actividad que esos movimientos desarrollaron para afrontar la frustrada reunión del Banco Mundial en junio de este año. La observación y seguimiento de ese proceso posibilita el análisis de ciertos elementos relevantes para explicar la forma final de los modelos esbozados: sus motivaciones, sus objetivos y su papel específico en el discurso que pretende abordar el análisis de aquello que se denomina “globalización”.

Movimientos sociales en España

“Els moviments socials estan despertant i estan fent coses” (Mujer, 48 años)

Entendemos por movimientos sociales todas aquellas entidades que basan en la acción colectiva la reivindicación de unos objetivos de interés social. La atención que han recibido los movimientos sociales por parte de las ciencias sociales, en particular de la sociología y las ciencias políticas, ha sido notable a lo largo de los años. Considerados por varios autores como “formas de compromiso radical portadoras de una influencia penetrante en la vida social moderna” (Giddens 1999, p. 148), su investigación esta inmersa en la confrontación de diferentes enfoques sociológicos, no todos ellos fecundos. Atendiendo a este papel que se les atribuye y al que objetivamente juegan como actores en la creación y transmisión de discursos diversos, el interés de analizar los discursos que generan sobre alimentación es evidente. Especialmente, porque discursos relativos, por ejemplo, al riesgo alimentario constituyen, por su creciente visibilidad social, una herramienta perfecta para incorporar en los mismos cuestionamientos de fondo hacia las formas de desarrollo socioeconómico imperantes.

En la actualidad, los movimientos sociales de las sociedades occidentales manifiestan una interrelación creciente con entidades de otros continentes y su mensaje no apela exclusivamente a lo local o lo estatal, a pesar de que su actuación se concentra sobre todo dentro de las fronteras de los estados. Contrariamente, sus reflexiones están estrechamente vinculadas a una vocación globalizadora, que se expresa en la celebración de numerosos encuentros internacionales por parte de movimientos muy heterogéneos, en la creación de redes de colaboración y en el establecimiento de contextos de actuación comunes. Y esas reflexiones incluyen una relevancia creciente de los discursos relativos a la alimentación.

En España, así como en el resto de países desarrollados, los movimientos sociales han experimentado grandes transformaciones. Se acepta generalmente que el más antiguo de esos movimientos fue el obrero y sindical, al cual se añadieron después los llamados -actualmente, diríamos que de forma anacrónica e impropia- “nuevos movimientos sociales”, esencialmente feminismo, ecologismo y pacifismo, cuyo verdadero surgimiento como tales tuvo lugar en la década de los sesenta. También merece la pena destacar en España por su importancia el movimiento estudiantil y el movimiento ciudadano de base urbana, fuertemente implantado en los barrios de las ciudades industriales, como en el caso de Barcelona. El debilitamiento de todos estos movimientos fue generalmente progresivo a lo largo de la década de los setenta, si bien en España, la formación de las plataformas anti-OTAN dinamizó fuertemente los movimientos pacifistas, bajo los cuales se articularon buena parte de movimientos ecologistas y feministas preexistentes, hasta su derrota efectiva en el referéndum de 1986. Desde entonces, los movimientos antimilitaristas se fragmentaron en movimientos sociales menores y menos articulados, como objetores de conciencia e insumisos. Por su parte, los movimientos ecologista y feminista experimentaron un proceso similar, mientras que los movimientos vecinales vieron acentuada su decadencia (Riechmann y Buey 1999). Aun así, la creciente preocupación por el medio ambiente potenció la formación de pequeñas pero numerosas asociaciones ecologistas y/o naturalistas en el conjunto de Cataluña, algunas de las cuales adoptaron la forma de ONG.

Estas circunstancias han impulsado a algunos estudiosos a hablar de “crisis de los nuevos movimientos sociales”, pero todo parece indicar que actualmente los movimientos sociales están dinamizando nuevamente su actividad en numerosas ciudades. Ello en parte es debido a la consolidación de pequeñas asociaciones a lo largo de la década de los noventa, pero sobre todo cabe atribuirlo a lo que parece ser el surgimiento de un nuevo marco de integración de los movimientos sociales, el llamado -en los medios de comunicación- “movimiento antiglobalización”. En realidad, éste no es un movimiento propiamente dicho, sino un punto de encuentro de movimientos sociales de diferente origen, tipo y objetivos, en tanto que abarca asociaciones ecologistas, pacifistas, feministas, sindicatos, ONGs, asociaciones de estudiantes, grupos de solidaridad, grupos de jóvenes, partidos políticos, colectivos okupas, asociaciones de vecinos, etc. Un punto de encuentro que emerge a raíz de las movilizaciones que en diciembre de 1999 tuvieron lugar en Seattle con motivo de la celebración de una cumbre de la OMC, donde se establecieron las primeras de redes de contacto y colaboración entre movimientos de diferentes países, pero sin que se generasen aun reflexiones propias significativas en ningún sentido. Hay que esperar hasta el llamado Foro Social Mundial de Porto Alegre, que agrupó a movimientos sociales de más de 120 países, de todos los campos temáticos, ideológicos y de acción y en el que participaron más de 12.000 personas entre el 25 al 30 de enero de 2001 (Botey 2001, p. 28), para que se cree un lugar de discusión y de elaboración de propuestas alternativas a muchos niveles.

Estos precedentes se encuentran tras el origen del movimiento antiglobalización en la capital catalana. Numerosos representantes de los movimientos sociales activos en ella asistieron a Seattle y más tarde al Foro Social de Porto Alegre y fue en esos encuentros en los que se inspiró la campaña que sirvió de punto de aglutinamiento del movimiento antiglobalización en Barcelona, así como en otras ciudades del Estado: se denominó “Barcelona 2001: Campaña contra el Banco Mundial” y se desarrolló a mediados del mes de junio de ese año.

Acción e interacción: los agentes productores del discurso

“En Barcelona, hay cuatro mil personas que están llevando todas las luchas a la vez” (Hombre, 35 años)

Actualmente, Barcelona es posiblemente uno de los centros españoles donde los movimientos sociales son más activos y variados. La heterogeneidad de movimientos es enorme y abarca multitud de temáticas. Ello es posible en parte porque existe una implicación social considerable en los mismos, si bien es cierto que la participación de los individuos más activos suele ser plural y no se inscribe en un solo movimiento social, sino en varios, o también en partidos políticos. El “movimiento antiglobalización”, aunque ha atraído caras nuevas, se ha construido en buena medida sobre asociaciones preexistentes, cuyos miembros han construido o implantado en territorio nacional nuevos colectivos, como por ejemplo el Movimiento de Resistencia Global o ATTAC.

La ya mencionada Campaña contra el Banco Mundial se gestó entre noviembre del 2000 y junio del 2001. Consistió en varias actividades realizadas en diferentes puntos de Cataluña en la tercera semana de junio, seguidas el día 22 y 23 de junio de la denominada Contraconferencia, denominada así en contraposición a la reunión que debía mantener el Banco Mundial e inspirada en el Foro Social Mundial. La campaña concluyó el día 24 con una gran manifestación en Barcelona, ya que los actos previstos para después de ese día no se pudieron realizar. Tras ella, una parte de las asociaciones participantes han mantenido su actividad en este marco de encuentro, primero a través de la preparación de los actos desarrollados durante la cumbre de Génova de julio de ese año y, posteriormente, en el marco de una nueva campaña contra la OMC, que se desarrolló a principios del mes de noviembre, con motivo de la cumbre de Qatar.

La organización temática de la Contraconferencia de junio del 2001 es reveladora de los intereses y motivaciones de los movimientos sociales en la actualidad. La Contraconferencia consistió en un foro de análisis y de debate de diferentes cuestiones relacionadas con la globalización. Se concretaron siete ejes, que constituyen en definitiva los siete tipos de movimientos sociales más activos en Barcelona: "derechos sociales y laborales" (movimiento sindical); "democracia: participación y represión" (organizaciones por la condonación de la Deuda Externa y ATTAC); “globalización económica y desarrollo” (ONGs y asociaciones de cooperación internacional); "globalización y militarismo" (movimientos pacifistas y antimilitaristas); "mujer y globalización" (movimientos feministas); "globalización y emigración" (asociaciones antirracistas y de apoyo a los emigrantes); y, finalmente, "derechos ambientales y modelo agroalimentario". La inclusión de la temática alimentaria en la temática ambiental se debe a que son básicamente las organizaciones ecologistas las principales productoras de discursos alimentarios entre los movimientos sociales, aunque no los únicos. Si bien el desarrollo de los cinco talleres fue realizado por miembros de entidades ecologistas, al de modelo agroalimentario se añadieron miembros de ONGs de cooperación, de cooperativas de consumidores urbanos y de la organización campesina internacional Vía Campesina.

¿Un modelo agroalimentario alternativo?

“A la OMC le es igual que se consuma patata del Maresme que de los USA” (Hombre, 24 años)

Hay que decir que la elaboración de propuestas para un modelo alimentario alternativo no constituye uno de los ejes de trabajo más significativos de los antiglobalizadores pero sin embargo es un elemento que aparece con fuerza en su discurso. Ello no tiene nada de paradójico. El mal llamado “movimiento antiglobalización” sustenta sus denuncias en las consecuencias sociales y medioambientales de las formas de desarrollo socioeconómico, por lo que las alusiones en los discursos de sus miembros o de los documentos que elaboran a la destrucción de los recursos naturales y locales o a la degradación de la calidad de los productos alimentarios son muy frecuentes.

El “movimiento antiglobalización”, por su carácter profundamente heterogéneo, resulta difícil de caracterizar con exactitud. La confluencia de tantas entidades de inspiración tan variada impide que exista un consenso claro en sus objetivos políticos y un diagnóstico preciso del significado de la globalización, si es que ello es realmente posible, pues creo que la globalización es realmente difícil de conceptualizar a causa de los múltiples significados que cobra y por el tipo de propiedades que se le atribuyen. Ciertamente, cuando una misma palabra pretende significar tanto, acaba no significando nada. Sin embargo, el movimiento acepta un concepto de “globalización capitalista”, por el cual se muestra unánime en el rechazo de toda política económica basada en la liberalización, y en el cuestionamiento también de todas las instituciones supranacionales, en la medida que comparten esa inspiración, desde la OMC hasta el FMI, pasando por la UE, pero con la excepción de la ONU. De aquí, que en un análisis global de los sistemas de producción alimentaria, al igual que sucede con cualquier otro ámbito de la actividad económica, estos se describan como un sistema inspirado por la ideología neoliberal, a la medida y servicio de las empresas multinacionales. Esta descripción, aunque sencilla, está cargada de significado, pues en tanto que permite hablar de un modelo de producción alimentaria concreto, de unos agentes hegemónicos y de unos valores, es posible abordar una crítica “contra el sistema”, propugnar valores alternativos y, sobre todo, establecer referentes frente a los cuales entablar un conflicto. En este caso, la definición del modelo hegemónico no sólo sirve para diferenciarse, sino también para oponerse a él y combatir a sus agentes.

Las críticas que se dirigen al modelo agroalimentario, tal y como se concibe, se establecen en dos planos, que pocas veces se integran en un mismo discurso. Por un lado, las que denuncian las consecuencias sobre los productos, esto es argumentos centrados en la calidad de los alimentos y en la degradación del medio ambiente. Por el otro, los que denuncian las consecuencias sobre los pueblos, esto es, la destrucción de las economías de países terceros. El primer grupo de argumentos es el más utilizado por asociaciones ecologistas y otros grupos, mientras que el segundo ha sido introducido por Vía Campesina y las ONGs de cooperación internacional. Ello no supone contradicción alguna o falta de solidaridad entre los argumentos de cada uno. Es más un problema de sensibilidad de cada grupo hacia el tipo de problemáticas que les afectan más directamente y representa, en gran medida, las preocupaciones de los agentes de los países desarrollados frente a las de los menos desarrollados, o del consumidor urbano frente a las del agricultor. Además, en última instancia, la voluntad de preservar el medio ambiente puede chocar y choca de hecho con las actividades agropecuarias, por ecológicas que estas sean.

Más detalladamente, observamos en los argumentos relativos a los productos la descripción de “graves riesgos” para la salud, estrechamente vinculados a la intensificación de la agricultura y la ganadería, que se califica de “desnaturalizada”. Entre los efectos perversos que se relatan suelen aparecer la utilización abusiva de productos fitosanitarios, el abuso del uso de antibióticos en animales y la presión excesiva para abaratar al máximo los precios de los productos alimentarios. En los argumentos relativos a los pueblos, destacan sobre todo los efectos derivados de la liberalización del comercio mundial. Se denuncia que esas políticas trasladan el control de la producción al capital extranjero y fomentan las importaciones a bajo precio, lo que tendría como consecuencia la destrucción de los sistemas de producción locales, la emigración forzosa de la población local y el aumento de la pobreza, la desnutrición o el hambre.

A pesar de que ambos discursos se han empezado a integrar, aun predomina entre los miembros y las asociaciones que componen este movimiento una sensibilidad mayor hacia una u otra línea de argumentos. Esa integración depende en buena medida de los esfuerzos que se invierten por parte de los movimientos en la reflexión alimentaria, de ahí que la mejor muestra de integración de ambos la constituyan las campañas y acciones contra la producción y comercialización de organismos modificados genéticamente, sin duda las más importantes que se han desarrollado en este ámbito. Estas campañas se han desarrollado desde la segunda mitad de la década de los noventa y han dado lugar a la construcción de redes de colaboración internacionales entre asociaciones, donde estos enfoques se han ido integrando paulatinamente. Así, en los discursos del "movimiento antiglobalizción", los alimentos transgénicos aparecen por un lado unánimemente asimilados en sus riesgos para la salud a los del consumo de ganado afectado por la Encefalopatía Espongiforme Bovina o a otros productos afectados por “crisis alimentarias”, y por el otro, se les considere el vehículo predilecto de las multinacionales para desarrollar un dominio efectivo de los sistemas agrarios de los países del Norte y del Sur, especialmente a través de las llamadas “patentes de sobre la vida”.

Frente a las circunstancias descritas, entre los movimientos se encuentra la vocación de desarrollar un “proyecto alternativo”, “un cambio en el modelo agroalimentario”, pero las características de la alternativa se describen poco. Aquí la diferencia entre agentes vuelve a incidir en el tipo de soluciones que se proponen. Los agentes que desarrollan el primer tipo de argumentos, centrados en los productos, concentran sus alternativas en la necesidad de desarrollar un nuevo modelo agroalimentario que garantice un mayor equilibrio ecológico, capaz de proveer de alimentos a toda la humanidad y que garantice el consumo de alimentos sanos y de calidad. Normalmente el concepto “seguridad alimentaria” aparece exclusivamente asociado al de calidad alimentaria, se demandan formas de producción extensivas en el marco de una agricultura y ganadería ecológica y en ocasiones hasta se apela a reivindicar la dieta mediterránea. Por su parte, los agentes vinculados al segundo tipo de argumentos, centrados en los pueblos, a pesar de reivindicar también una mayor calidad de los alimentos, se centran más en propugnar una diversificación de las producciones campesinas frente la expansión de los monocultivos, que los precios se mantengan por encima de los costes de producción, que se regulen los mercados para evitar excedentes y que se frene la industrialización agrícola. En este marco, no se apela a la seguridad alimentaria en cuanto a calidad sino en cuanto a la garantía de un abastecimiento suficiente de alimentos y, por lo general, este concepto es substituido por el de soberanía alimentaria, que apela al derecho de los “pueblos” a decidir sus propias políticas agroalimentarias y a la exclusión de organizaciones supranacionales como la OMC de toda capacidad de decisión sobre la producción y los mercados alimentarios. Igualmente, se apela al derecho de acceder a la propiedad de la tierra mediante la reforma agraria.

¿Hacia formas de consumo alternativas?

“Este modelo de consumo es insostenible y nos lleva al desastre” (Mujer, 48 años)

La preocupación por el consumo o, en palabras de los miembros del movimiento, por el "consumismo", se expresa reiteradamente en su discurso. Existe un consenso entre los movimientos sociales barceloneses en considerar que las prácticas de consumo son insostenibles. Sin embargo, la promoción de formas de consumo alimentario alternativas constituye aun un aspecto marginal.

La actividad de los movimientos sociales respecto al consumo alimentario se centra sobre todo en apoyar campañas que se desarrollan contra el “consumo” de determinados productos. Muchas de ellas se basan en boicots contra determinadas marcas, a menudo marcas de productos alimentarios, como por ejemplo la campaña internacional contra ron Bacardí o contra los productos de empresas que utilizan en su elaboración organismos modificados genéticamente. En cambio, otras campañas que apelan más al comportamiento individual cotidiano no se dirigen a los productos alimentarios, sino que se trata por ejemplo de campañas de ahorro energético, de reciclaje...

La alimentación aparece más en las acciones que los movimientos convocan, que se dirigen frecuentemente contra empresas -de forma recurrente contra McDonalds-, o contra las instituciones, como a veces sucede en el caso de los alimentos transgénicos. Estas acciones no consisten en actos violentos, sino que adoptan una forma lúdica y pretenden tener un carácter informativo hacia la ciudadanía. Ambos ejemplos tienen en común que cuestionan la calidad de los alimentos denunciados y en oposición aparece la reivindicación de productos propios o "naturales". De aquí que una acción de este tipo se acompañe a menudo del reparto de productos ecológicos donde tiene lugar la acción.

Ciertamente, aunque estas acciones se sustenten en un rechazo de ciertos modelos de consumo, no puede decirse que constituyan experiencias de promoción de formas de consumo alternativas, especialmente en el caso de las acciones contra los establecimientos de fast-food, que suceden con cierta frecuencia en ciudades europeas y manifiestan más a un rechazo cultural (Fischler 1996, p. 872-873), que una preocupación dietética. En Barcelona, el desarrollo de actividades orientadas a la promoción de formas de consumo alternativas no esta ligado a las asociaciones ecologistas, sino a un número reducido de ONGs. Entre ellas destaca la Xarxa de Consum Solidari. Constituida por diferentes ONGs en 1996, sus objetivos son, según los materiales que ellos mismos editan: “potenciar una cultura de consumo responsable que respete al planeta y sus habitantes”, a través de “la comercialización de productos de Comercio Justo y el impulso de iniciativas, campañas y denuncias a favor de un consumo socialmente justo y ecológicamente sostenible”. La Xarxa se estructura en diferentes puntos de venta distribuidos en diferentes localidades catalanas, donde pueden adquirirse, sobre todo, productos provinentes sobre todo de países del suramericanos, entre ellos café, cacao, té, chocolate, mermeladas o galletas.

Otro ejemplo de prácticas de consumo alternativas es el de las cooperativas de consumidores. Aunque recurren frecuentemente a la compra en puntos de venta de consumo solidario, basan su forma de consumo en la compra directa a productores, con los cuales mantienen un compromiso continuado de compra. Los consumidores se organizan por barrios y estructuran colectivamente sus compras en función de su número y necesidades. Más que en criterios de solidaridad con países terceros, sus miembros muestran una preocupación por la calidad de los alimentos y el impacto sobre el medio ambiente de las practicas de producción intensiva, por lo cual optan por la adquisición de productos de agricultura y ganadería ecológica. Por otro lado, el funcionamiento de estas redes entre productores y consumidores, al estar planteadas como alternativas alimentarias a un modelo basado en la economía de mercado, suelen caracterizarse por un coste anual fijo de los productos.

La participación de estos dos tipos de entidades, las ONGs promotoras del Comercio Justo y las cooperativas de consumidores, se ha dejado sentir en los discursos del "movimento antiglobalización" y el espíritu de sus reivindicaciones se ha trasladado al resto de movimientos sociales barceloneses, pero lo cierto es que como en tantos otros ámbitos sociales, existen grandes diferencias entre el discurso y la práctica. Indudablemente la debilidad organizativa de las redes de consumo solidario y el escaso desarrollo, promoción y conocimiento ciudadano de las cooperativas de consumidores en la ciudad constituyen un hándicap en el fomento de formas de consumo alternativas, pero también hay que considerar que la inclusión del discurso alimentario entre los movimientos sociales no se debe a una vocación de sus miembros de consumir de otra manera, a una preocupación por los valores nutritivos de los alimentos convencionales o a un rechazo de los mismos por considerarlos perjudiciales para la salud. Esas preocupaciones existen entre una parte de los individuos que forman parte de los movimientos sociales, pero no de forma generalizada y sólo levemente o puntualmente les interpelan a la búsqueda de otras formas de consumo más sanas o sostenibles.

Para comprender mejor el pequeño papel que la promoción de formas de consumo alternativas tiene entre los movimientos sociales, conviene reflexionar sobre la forma como el discurso alimentario se insiere en el sí de los movimientos. Si bien las entidades ecologistas vienen dedicando desde hace varios años una atención creciente a la crítica de las formas de producción y distribución, la atención que ha merecido la alimentación en el contexto de las “actividades antiglobalizadoras” se explica casi exclusivamente por el creciente impacto social de las llamadas “crisis alimentarias”, especialmente a raíz de la detección en España de ganado capaz de transmitir la nueva variante de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakobs a finales de 2000, lo cual fomentó un fácil consenso en otorgar a la alimentación un espacio en las actividades realizadas en este periodo por el "movimiento antiglobalización". Sin embargo, constituye una queja frecuente de las asociaciones ecologistas el poco papel que se otorga a las cuestiones medioambientales en el discurso global o, en otros casos, el enfoque excesivamente macroeconomicista que este adopta a veces, frente a una situación que aquellas valoran como de crisis global de los recursos naturales.

Otra debilidad para promocionarlas viene dado por la escasa vinculación de estos movimientos con asociaciones de agricultores y ganaderos, pues ninguna organización estatal o local ha participado, salvo de manera muy excepcional, en actividades del “movimiento antiglobalización” y si bien el discurso del movimiento se reivindica la necesidad de establecer una relación directa entre productor y consumidor, mientras los productores no están presentes, resulta imposible poner en marcha iniciativas en este sentido.

A modo de conclusión

“Le temps est fini de ces constructions théoriques dans lesquelles faisaient entrer, au chasse-pied, les mouvements populaires. Seattle inverse les choses: les gens se sont mis ensemble, sans théorie bien ficelée pour l’action, Ils ont confronté leurs points de vue, souvent proches, quels que soient les continents, C’est une convergence autour de l’expérience de chacun des mouvements présents.” (José Bové. Bové, Dufour 2000, p. 214)

Creo que la reflexión que los movimientos sociales generan sobre el hecho alimentario y las prácticas que se derivan de su actividad, aunque pocas de ellas apelan concretamente a lo que comemos, aportan una perspectivanecesariaparapercibir la pluralidad de significados que la alimentación adquiere en el pensamiento colectivo. Producto de su tiempo y la sociedad en que se desarrolla, el discurso alimentario de los movimientos sociales se define a sí mismo como alternativo, pues se posiciona fuera de un modelo productivo que caracterizan como hegemónico. Ello significa poco en el marco propiamente dicho de los comportamientos alimentarios, porque en el ámbito de los movimientos es la alimentación misma la que incide claramente sobre los comportamientos sociales, comportamientos que son el producto de un análisis racional de los sistemas productivos. Racional, como todo en lo social y lo alimentario, pues sólo desde lo racional el ser humano puede pensar y comportarse, por alejados que a veces estén los resultados de los objetivos planteados.

Bibliografía

Botey, J. (2001): “Porto Alegre, otro mundo posible”. En Riera, M. Porto Alegre, otro mundo es posible, Ediciones el Viejo Topo, Barcelona.

Bové, J.; Dufour, F. (2000): Le monde n’est pas une marchandise. Des paysans contre la malbouffe, La Découverte, París.

Espeitx, E. y Caceres, J. (2002): “Riesgo alimentario y consumo: percepción social de la seguridad alimentaria”. En Gracia, M. Somos lo que comemos. Estudios de alimentación y cultura en España, Ariel, Barcelona.

Fischler, C. (1995): El (h)omnívoro, Anagrama, Barcelona.

Fischler, C. (1996): “La « macdonalisation » des moeurs”. En Flandrin, J. L. y Montanari, M. Histoire de l’alimentation, Fayard, Paris.

Giddens, A. (1999): Consecuencias de la modernidad, Alianza Editorial, Madrid.

Millán, A. (2000): “Cultures alimentàries i globalització”, Revista d’Etnologia de Catalunya, 17, p.72-81.

Millán, A.(2002): “Malo para comer, bueno para pensar. Seguridad alimentaria y factores socioculturales”. En Gracia, M. Somos lo que comemos. Estudios de alimentación y cultura en España, Ariel, Barcelona.

Riechmann, J.; Fernández Buey, F. (1999): Redes que dan libertad. Introducción a los nuevos movimientos sociales, Paidós, Barcelona.


contacte@seiahs.info